El 29 de julio de 1981, Diana Spencer se casó con el príncipe Carlos en la Catedral de San Pablo de Londres. Aquella mañana, 750 millones de personas en todo el mundo encendieron sus televisores para presenciar lo que se convertiría en la boda más vista de la historia. Más de cuarenta años después, seguimos hablando de ella.
La fecha y el escenario de la boda del siglo
La ceremonia tuvo lugar un miércoles. El Reino Unido declaró ese día festivo nacional para que todos pudieran seguir el enlace. Carlos tenía 32 años. Diana acababa de cumplir 20.
La pareja eligió la Catedral de San Pablo en lugar de la tradicional Abadía de Westminster. El motivo fue práctico: Westminster tiene capacidad para 2.200 personas, mientras que San Pablo podía albergar a 3.500 invitados. Además, el recorrido desde Clarence House hasta San Pablo permitía una procesión más larga por las calles de Londres, donde cientos de miles de personas esperaban ver pasar a los novios.
Las cifras son apabullantes. 750 millones de personas siguieron la boda en directo por televisión. Otros 250 millones lo hicieron por radio. Fue el evento mediático más importante del siglo XX hasta ese momento. En las calles de la capital británica, más de 600.000 personas se agolpaban para capturar aunque fuera un instante de la comitiva real.
Curiosidad histórica: la Catedral de San Pablo no había acogido una boda real desde 1501, cuando Catalina de Aragón se casó con Arturo, príncipe de Gales.
El vestido que detuvo el mundo
Diana eligió a Elizabeth y David Emanuel para diseñar su vestido de novia. Fue ella misma quien los llamó por teléfono. El resultado superó todas las expectativas: un vestido con una cola de más de siete metros, las mangas más abullonadas que se habían visto jamás en la realeza británica, paneles de encaje que pertenecieron a la bisabuela de Carlos y un corpiño ajustado que definía la silueta de princesa que Diana había soñado.
El precio: 150.000 dólares de la época. Pero el valor simbólico no tiene precio. Aquel vestido marcó la estética nupcial de toda la década de los ochenta.
Se necesitaron tres meses para confeccionarlo. Diana acudió disciplinadamente a probárselo una y otra vez. El problema: en las semanas previas a la boda, adelgazó drásticamente debido a la bulimia que padecía. Su cintura pasó de medir 74 centímetros a 58. El vestido tuvo que rehacerse cinco veces hasta que el modisto se hartó y dijo que no cortaría más patrones hasta conocer las medidas definitivas.
Anécdota del día: la cola era tan larga que no cabía en la carroza. Al llegar a la catedral, el vestido estaba completamente arrugado. Además, Diana se derramó perfume sobre la falda minutos antes de salir, dejando una pequeña mancha que nadie excepto ella notó.
Por si algo salía mal, los diseñadores confeccionaron dos vestidos completos. Uno para el día de la boda y otro de reserva por si la prensa conseguía fotografiar el primero antes del evento. También hicieron una réplica exacta de la falda por si Diana se la manchaba tomando café.
Detalles que hicieron historia
Diana llevó la tiara Spencer, una joya familiar que había pertenecido a su abuela. Fue un gesto revolucionario: la reina Isabel II le había ofrecido la emblemática tiara Cambridge Lover’s Knot, pero Diana prefirió lucir la de su propia familia. Un detalle que ya anticipaba su carácter independiente.
El ramo de novia medía casi un metro de longitud. Estaba compuesto por flores cultivadas en Gran Bretaña: orquídeas, rosas, gardenias y lirios del valle. Pesaba tanto que Diana tuvo dificultades para sostenerlo durante toda la ceremonia.
El anillo de compromiso fue otro símbolo icónico. Diana lo eligió ella misma del catálogo de Garrard, los joyeros de la Corona. Un zafiro azul de Ceilán de 12 quilates rodeado por 14 diamantes engastados en oro blanco de 18 quilates. Hoy, ese mismo anillo luce en la mano de Kate Middleton.
Los zapatos también cuentan su historia. Diseñados por Clive Shilton, tenían un tacón muy bajo para que Diana no pareciera más alta que Carlos. Estaban decorados con 500 lentejuelas y 100 perlas. En las suelas interiores, de terciopelo, llevaban grabadas las letras C y D.
Durante la ceremonia, Diana cometió un error que quedó grabado para siempre. Al pronunciar los votos, invirtió el orden de los nombres de Carlos, diciendo «Felipe Carlos Arturo Jorge» en lugar de «Carlos Felipe Arturo Jorge». Carlos también se equivocó al prometer «tus bienes» en lugar de «mis bienes materiales».
Otro detalle que causó sensación: Diana no prometió obediencia a su marido, algo que era tradicional en los votos reales. Fue decisión de ambos, pero en su momento se consideró revolucionario.
El momento más esperado llegó después de la ceremonia. En el balcón del Palacio de Buckingham, Carlos y Diana se besaron ante la multitud. Fue el primer beso público de una pareja real británica en ese icónico balcón.
El contexto que pocos recuerdan
Carlos y Diana se conocieron en 1977, cuando ella tenía solo 16 años. Por entonces, él mantenía una relación con Sarah Spencer, la hermana mayor de Diana. Pero fue en el verano de 1980 cuando se reencontraron durante un fin de semana en el campo y Carlos comenzó a verla como una firme candidata para convertirse en su esposa.
El noviazgo fue breve. Diana reveló años después que solo se habían visto 13 veces antes de anunciar su compromiso. El anuncio oficial se hizo el 24 de febrero de 1981. Solo cinco meses después, se casaban.
Diana rompió con siglos de tradición. Fue la primera mujer británica plebeya en casarse con el primer sucesor al trono desde que Anne Hyde se casó con Jacobo II en 1660, más de 300 años atrás. Aunque provenía de una familia aristocrática (los Spencer tienen linaje noble), no tenía sangre real.
También fue la primera novia real en tener un trabajo remunerado antes de su compromiso. Diana trabajaba como asistente de maestra de guardería cuando Carlos le propuso matrimonio.
Entre el anuncio del compromiso y la boda, Diana vivió en el Palacio de Buckingham. Según su propia descripción, fue una época increíblemente solitaria. Pasaba la mayor parte del tiempo sola, viendo televisión, en un palacio que le resultaba frío e inhóspito.
Qué pasó después
La pareja tuvo dos hijos: William, nacido en 1982, y Harry, en 1984. Pero el cuento de hadas que el mundo quiso creer nunca fue real. Carlos mantenía su vínculo emocional con Camilla Parker Bowles, y Diana luchaba contra sus propios demonios: bulimia, depresión y una soledad que el protocolo real no hacía más que agravar.
La separación llegó en 1992. El divorcio se formalizó en 1996. Diana murió en un accidente de tráfico en París el 31 de agosto de 1997, a los 36 años. Carlos se casó con Camilla en 2005, en una ceremonia civil discreta que contrastaba en todo con aquella boda de 1981.
El 29 de julio de 1981 no fue solo la fecha de una boda. Fue el día en que una joven tímida se convirtió en la mujer más fotografiada del mundo, en que un heredero al trono selló su destino y en que 750 millones de personas creyeron, aunque fuera por unas horas, en los cuentos de hadas. La fecha sigue resonando porque lo que pasó después nos recordó que ni siquiera la realeza escapa a la complejidad de ser humano.
